Robar el alma no es un acto brusco, es un susurro que atraviesa la piel y se enreda en el pulso, como una caricia que deja cicatriz.
Es una mirada que se cuela en los rincones más ocultos, desarmando las certezas y desnudando los miedos sin piedad.
Quien roba el alma no lo hace con manos, sino con palabras que se clavan como flechas dulces y venenosas, dejando al corazón vulnerable y al pensamiento cautivo.
Es una sonrisa que cala hasta los huesos, un roce apenas perceptible que despierta la piel adormecida y la hace temblar en la penumbra.
Y cuando el alma ya no es tuya, queda un vacío que arde y persiste, como el eco de un latido ausente que aún resuena en la distancia.