RETRATOS

Robar el alma no es un acto brusco,
es un susurro que atraviesa la piel
y se enreda en el pulso,
como una caricia que deja cicatriz.

 

Es una mirada que se cuela
en los rincones más ocultos,
desarmando las certezas
y desnudando los miedos sin piedad.

 

Quien roba el alma no lo hace con manos,
sino con palabras que se clavan
como flechas dulces y venenosas,
dejando al corazón vulnerable
y al pensamiento cautivo.

 

Es una sonrisa que cala hasta los huesos,
un roce apenas perceptible
que despierta la piel adormecida
y la hace temblar en la penumbra.

 

Y cuando el alma ya no es tuya,
queda un vacío que arde y persiste,
como el eco de un latido ausente
que aún resuena en la distancia.

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Fotografía