NITIMUR IN VETITUM

Nos atrae lo que arde.
Lo que brilla al otro lado de la línea.
Lo que no debe ser tocado,
pero igual nos llama por el nombre.

 

Hay en lo prohibido una luz distinta,
una llama que no alumbra, sino consume.
Lo vedado no grita, susurra.
No empuja, invita.
Y en esa invitación yace el vértigo,
el temblor del abismo,
el perfume de lo que podría destruirnos con elegancia.

 

Lo prohibido no es siempre oscuro.
A veces tiene forma de mirada,
de palabra que se dice al borde del silencio,
de deseo que no se nombra
porque nombrarlo sería hacerlo real.
Y aún así, vamos.
Caminamos hacia ello, con la conciencia del peligro
y el corazón en llamas.

 

No hay ley que contenga el impulso
de aquello que no se puede tener.
Porque es en la ausencia donde habita la obsesión,
en la imposibilidad donde nace el mito.

 

Nitimur in vetitum.
Nos impulsa la sed.
La sombra detrás de la puerta.
La fruta fuera del alcance.
La voz que dice “no”
y el alma que responde “sí”.

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Fotografía