La nieve comenzó a caer al anochecer, suave como un suspiro del invierno. Desde la ventana, parecía que el cielo se deshacía en mil fragmentos blancos, dejando caer su frío abrazo sobre el mundo adormecido.
En la calle, las farolas teñían de dorado el aire helado, y los copos danzaban en espirales silenciosas antes de posarse, rendidos, sobre los tejados y los árboles. El suelo pronto quedó cubierto por una alfombra nívea que crujía bajo el peso de los pasos, como si la tierra misma quisiera murmurar algún secreto antiguo.
Las casas parecían cabañas perdidas en un cuento, envueltas en un capullo blanco y sereno. El tiempo mismo parecía detenerse, atrapado en el delicado vaivén de la nieve que caía sin prisa, ajena a las preocupaciones humanas.
En el silencio de la noche, la nieve seguía cayendo, borrando las huellas del día, cubriendo las calles de un olvido puro y efímero. Y así, bajo el manto blanco, el mundo se adormecía, respirando la calma helada que solo trae la nieve cuando cubre la vida y los recuerdos con su pálido resplandor.