Al caminar entre la niebla, uno siente que el tiempo se detiene, como si el mundo respirara más lento. Las formas familiares se vuelven espectros, y los sonidos quedan amortiguados, susurrando desde la distancia. La niebla oculta y revela a su antojo, haciendo que lo cotidiano adquiera un aire misterioso, casi mágico.
Cuando el sol comienza a elevarse, la niebla se disipa, retrocediendo hacia los valles como un espíritu que se desvanece. Pero durante su breve reinado, transforma lo común en un escenario onírico, donde lo real y lo imaginado se entrelazan en una danza silenciosa.